Los materialistas dialécticos (y el materialismo dialéctico no es un sistema -ni una ideología- sino la filosofía tal y como queda tras dar el último paso en su evolución como saber racional, despojada de los sistemas metafísicos y convertida ya en ciencia, junto a las demás y no por encima de ellas, en la ciencia que estudia el pensamiento humano en tanto que producto del sujeto social, la persona que es miembro de la sociedad o los grupos o subsistemas sociales, etc.)… los materialistas dialécticos venimos defendiendo históricamente que el debate nature vs. nurture es un falso debate, pues ambas posturas no son científicas, sino consecuencia de la influencia ideológica burguesa, de los prejuicios de la clase dominante que es tanto como decir de los prejuicios comúnmente dominantes en nuestra sociedad. Mientras que la postura científica, aquella a la que conduce el materialismo dialéctico, es que ambos extremos, en este caso lo genético y lo cultural, interaccionan dialécticamente (por desgracia suena a frase hecha por culpa de tanto izquierdista, pero es algo muy concreto) para dar lugar al individuo. Personalmente, siempre he encontrado especialmente esclarecedores los trabajos de Richard Lewontin al respecto, así como la de los autores materialistas dialécticos, o fuertemente influidos por este, como es el caso -de esto último- de Stephen Jay Gould.

Aquí tenemos el enésimo artículo que confirma que, en efecto, el punto de vista correcto era y es el del materialismo dialéctico, describiendo además de forma concreta esa relación dialéctica en sus detalles. Por supuesto, no se reconoce como un triunfo del materialismo dialéctico: esa es también función de la ideología, y la ideología de una sociedad es también la ideología de sus científicos. Pero inevitablemente la ciencia revela la realidad objetiva pasando por encima de la ideología (uso aquí el concepto de ideología en el sentido marxista, por tanto como algo ligado a la clase dominante y al poder de clase en una sociedad determinada, y no esas concepciones pseudoasépticas en plan “sistema de ideas” o “cosmovisiones”).

Por desgracia, sólo puedo poner el principio del artículo, ya que para leer el resto hay que pagar, pero aseguro que vale la pena.

EL enlace al artículo es el siguiente: Mente y Cerebro, nro. 82, Una cuestión de cultura, Katrin Weigmann

La parte abierta del artículo es la siguiente:


La dotación genética influye en nuestro comportamiento. No obstante, el ambiente cultural condiciona la forma en que se produce esa influencia. Ello explica que unas mismas variantes génicas produzcan efectos contrarios en asiáticos y europeos.

Qué nos influye más, la genética o el ambiente? La respuesta parece clara desde hace años: tanto una como el otro marcan nuestra percepción, nuestros pensamientos y sentimientos. Sin embargo, hay un factor que se ha pasado por alto durante todo ese tiempo: la cultura. A lo largo de milenios se han establecido culturas con costumbres, modales, valores y modos de pensar distintos. Estas diferencias y particularidades se abordan en numerosos estudios antropológicos y psicológicos. A menudo, la atención de estos trabajos se centra en el contraste entre las culturas occidentales («independientes») de Europa o Estados Unidos, por un lado, y las culturas asiáticas orientales («interdependientes») de Japón, China o Corea, por el otro.

Estas diferencias culturales también se plasman en las funciones cerebrales. En 2014, Shihui Han y Yina Ma, de la Universidad de Pekín, evaluaron 35 estudios en los que, mediante resonancia magnética, se había analizado la actividad cerebral de probandos de culturas distintas. Confirmaron que las personas de Asia Oriental presentaban una mayor actividad neuronal en las regiones cerebrales que se ocupan de los estímulos sociales y en las que participan en el autocontrol y la regulación de los sentimientos. Entre las personas de círculos culturales occidentales, por el contrario, detectaron una actividad más intensa en las áreas cerebrales más importantes para la consciencia de uno mismo.

¿Cuál es el papel de los factores hereditarios en este proceso? Hace mucho que los investigadores saben que los genes y el ambiente interactúan. En este punto se centran la mayoría de los estudios que se ocupan de la «interacción genotipo-ambiente» ante experiencias personales negativas, entre ellas, el estrés o los traumas. La depresión constituye un ejemplo clásico. Los portadores de un determinado gen de riesgo reaccionan al estrés de manera intensa y, en circunstancias agobiantes, tienden a la depresión [véase «Psicología genética», por Turhan Canli; Mente y Cerebro n.o29, 2008].

Heejung Kim, psicóloga de la Universidad de California en Santa Barbara, concentra su investigación en la interacción genotipo-cultura. De acuerdo con su teoría, además de variantes génicas que aumentan la vulnerabilidad ante factores ambientales estresantes, existen variantes que sensibilizan ante diferencias culturales. Por tanto, las personas con determinadas constelaciones génicas se adaptan con firmeza a su correspondiente cultura. Si viven en Asia, su manera de pensar, su gestión de los sentimientos o su concepto de sí mismos resultarán típicos de Extremo Oriente. En Europa o en Estados Unidos, por el contrario, representarán de forma clásica el estilo de vida occidental. Según esta idea, determinadas variantes génicas darían lugar a patrones de conducta opuestos en función del ambiente.

En síntesis
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