Eso se dice. Eso, desde luego, ha afirmado siempre el marxismo. Y lo  que resulta chocante es ver a ese sector de los desechos de la debacle del reformismo clásico (lo que era IU), enrabietado porque el podemismo les ha -supuestamente- arrebatado lo que ellos consideraban su gran momento histórico, reclamar para sí los valores y la conciencia social de un sector de la clase obrera tradicionalmente reaccionario, columna vertebral del franquismo sociológico -esos que votaban al PSOE- que, algunos de ellos forzados por la crisis, y como forma de no renunciar y enrocarse en sus prejuicios ahora votan a Podemos si es que no siguen votando al PSOE, y que en otros países votan a le Pen o a Trump.

No olvidemos de qué sector de la clase obrera estamos hablando: estamos hablando de la aristocracia obrera, en España: de esa nueva clase obrera formada por el desarrollismo franquista con campesinos que vinieron a las ciudades portando con ellos tosa su mezquinad y sus prejuicios, y sus afanes campesinos de progreso individualista, y que sirvió para, una vez aniquilada la vieja clase obrera por la represión de la dictadura, cortar el “hilo rojo de la historia”.

Esa aristocracia obrera nunca fue la que hizo la revolución, nunca fue la que formó las organizaciones revolucionarias, nunca fue la que asustó al capital, etc., sino que fue la base social de la socialdemocracia y el reformismo, de los grandes sindicatos sistémicos, etc. Mientras que los comunistas encontraron su base, antes de los 60 y el carrillismo y sus análogos, entre los obreros no cualificados. No en la aristocracia obrera.

El franquismo lo que hizo fue dar la oportunidad de acceder a esta aristocracia obrera a sectores de la masa obrera no cualificada, que, como decía ayer, llegaron a vivir de puta madre, comparativamente hablando, y en su mezquindad campesina, pensaron que eso era debido a su “esfuerzo individual” y “grandes méritos”, o en otras palabras: a servir al amo, a entregarse.

La aristocracia obrera tiende e su conciencia y aspiraciones políticas, por proximidad social, a las clases medias, a la pequeña burguesía asalariada, como los funcionarios, capataces, profesionales, etc., y tiende a separarse del resto de la clase obrera, de esa masa obrera no cualificada.

¿Por qué cuento esto? Bien, escuchando a ese sector de los desechos del reformismo clásico que nos dice que Trump es bueno, que representa al voto obrero, que Putin es un líder antimperialista, que hemos de abandonar la causa del progreso y la revolución y toda causa política en general para centrarnos en las reivindicaciones laborales, confundiendo lucha de clases con lucha laboral (la política burguesa de la clase obrera que decía Lenin), que ahora nos vienen con que el internacionalismo es unirnos al chovinismo y la xenofobia en plan “los españoles primero”, etc., etc., etc… joder… escuchando esto, está claro que están defendiendo los tradicionales prejuicios de la aristocracia obrera. Pero a lo que iba no es esto, y la verdad es que, al asunto al que quiero llegar, coinciden en realidad con trotskistas reciclados como el bloguero Marat, los reformistas que se han pasado al ciudadanismo como Garzón, y otros, nos cuentas la historia de que la culpa de todo es de los líderes políticos de la clase obrera, de los partidos políticos, etc., mientras que la clase obrera, pobrecita y traicionada, es el último reducto de la pureza espiritual…

Resulta especialmente patético -y os hace pensar que esta es una forma en que se materializa aquello de que el reformismo es la antesala del fascismo- su antiintelectualismo, su odio clasista, no al gran capital, sino a esas clases medias intelectuales y tituladas que sí se mueven -por muy desorientadas y manipuladas que estén- a diferencia de esta ridícula clase obrera, aristocracia y no, incapaz de haber dicho “esta boca es mía” en toda la crisis. Su desprecio al saber y al conocimiento con el ridículo argumento de “cuñao” de “yo he aprendido en la universidad de la vida”, no dándose cuenta de que en esa universidad aprende todo el mundo porque. simplemente, no queda otra, y que desde luego no es el ignorante ni el imbécil el que más provecho cabe esperar que saque de su experiencia, sino al contrario… La ignorancia es un mal, y la ciencia un bien, y punto: así lo ha entendido siempre la clase obrera, pero aquí vienen los aduladores de oídos del “todo vale” y del “todo es lo mismo”… están sembrando fascismo…

Lo que hacen estos oportunistas es culpar a los dirigentes políticos del reformismo y del oportunismo, a sus organizaciones, a sus traiciones… a sus antepasados, por cierto, pues ellos vienen de ahí. Y nos dicen que las masas son buenas y puras, que es que fueron engañadas, mal dirigidas. Que la historia no la escriben las masas, sino los hérores y villanos, Y la verdad es que no. La verdad es que esos políticos, esos partidos, esos sindicatos fueron los instrumentos de esa clase obrera, de esa aristocracia obrera en concreto -que seducía al resto de la clase. Que no admitió y no hubiera admitido otra cosa que el reformismo, que esa clase obrera enmascaró su traición a sus mayores y a la conciencia de clase mediante la visceralidad de su anticomunismo tan característicos del viejo PSOE y ahora de Podemos. Fue la clase, la masa, la que impuso esa política, esos dirigentes, la que aupó y ungió a los traidores y expulsó con ignominia a los luchadores sinceros. Esa fue la historia, los hechos. Fueron ellos, la clase obrera, la que se empeñó en que los grandes sindicatos de clase llegaran a ser lo que hoy son. No apoyaban, no admitían, se volvían en contra, allá por la transición, contra los que defendían el sindicalismo de clase… La clase obrera cometió no sólo un acto de villanía, sino un tremendo error -como clase, claro: individualmente, estos se pegaron una buena vida, a costa de sus sucesores y de la clase- y debe reconocerlo y aprender de ello. Y ante todo debe superarlo, pero, ¿cómo lo va a hacer si empezamos por negarlo?

Pero en fin… No es más que oportunismo… Ellos quieren ganarse a la clase obrera, dicen. Por lo tanto, tienen que adularles el oído. No deben señalar a la clase obrera aquello de lo que es culpable, deben buscar chivos expiatorios… No se puede decir la verdad… Bien, pues por ese camino de mierda no se va a llegar a ninguna parte…

Y esos sectores asalariados de la pequeña burguesía, esos intelectuales, esos profesionales, no son nuestro enemigo de clase, pandilla de gilipollas, sino nuestros aliados naturales, tanto para hacer la revolución como para construir el socialismo. Pero vamos a ver: ¿pensáis que se va a construir el socialismo sin científicos, sin ingenieros, sin médicos, sin filósofos, sin artistas, sin expertos en derecho y en administración…? No habéis pensado en lo que supone la evolución de todas las capas trabajadoras en una clase única en el socialismo, y que su trabajo irá teniendo que ver cada vez más con el trabajo de esas clases medias de ahora que con  el de la actual clase obrera, ocupaciones que tenderán a desaparecer una vez superados los obstáculos insalvables que el capitalismo opone a la automatización del trabajo rutinario -ese cuya realización no “enriquece la personalidad” y sólo se hace porque no queda otra-, etc… Bah, vosotros no habéis pensado en nada, sólo os preocupáis en si hacéis unas horas extra para ver si ahorráis para compraros un apartamento en la playa… ¡patéticos gilipollas, traidores, que ni siquiera os habéis dado cuenta aún de que esto se hunde!

Lo paradójico de estos oportunistas, que arman mucho escándalo reclamándose del marxismo, es que se ciscan en el marxismo al decirnos que la historia no la hacen ni los pueblos ni las clases sociales, sino los grandes hombres, los héroes y villanos individuales, mientas que los pueblos y las clases no son más que instrumentos pasivos en sus manos. Obviamente, quieren ocultar el carácter de clase de su discurso.

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