Ocurren a veces pequeños hechos inesperados, cuya importancia reside en despertarnos ante la evidencia de que el mundo es diferente a como habíamos estado imaginando. Un hecho diminuto que, incidentalmente, puede ser el cabo de una gran madeja. Pero parece que, lo que me ha ocurrido esta mañana, es un acontecimiento modesto, humilde y, aun así, curioso e intrigante.

Estaba concentrada en mi trabajo, y para poder estarlo, inevitablemente, tenía puestos en los oídos tapones de estos de espuma, tan eficaces y cómodos, que hay ahora. Me tomé un café. Como siempre tras tomar algo, fui a enjuagarme la boca con un elixir bucal. Pero decidí que, bueno, por una vez, era cosa de tirar la casa por la ventana para celebrar por todo lo alto la higiene bucal y, aunque no hiciera falta ni nada moviera a ello, decidí lavarme los dientes.

Inopinadamente, noté al cepillármelos una grima muy similar a la que produe arañar con las uñas un encerado. Cepillo de dientes y oídos taponados. Esa es la combinación. Al destapar los oídos, todo volvía a la normalidad y no sentía nada especial al frotar los dientes con el cepillo. Al taponarlos, ahí que estaba de regreso la espeluznante grima…

Los misterios de la percepción. La verdad es que, sí, es para dudar de lo que percibimos, si es real o causado por nuestra psique, y a la inversa, en qué medida no percibimos lo real que está ahí mismo, entretejiendo nuestra vida junto a lo que creemos saber…

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